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Eran heteros, chongos argentinos, que embriagados y excitados acudían al frenesí del Transformation a seguir la noche hasta el mediodía. En ese sitio fui beneficiado por la casualidad. El destino me regaló una cita con uno de esos tipos a los que se les recuerda por un rasgo muy particular y masculino. O sea, alguien con quien se ha fantaseado con razón, con intención de darle una oportunidad a su masculinidad para que se pruebe con un gay decidido.

Él me encaró en la barra cuando eran apenas las seis de la mañana y pocos en el lugar. Se llamaba, y pondré su nombre real porque es demasiado bonito, Osías. Por eso lo pude identificar, por lo particular de su nombre. Y por la voz. En esa época solía llamar con frecuencia al radiotaxi que pagaba el diario en el que escribía.

Eran decenas de llamadas. Del otro lado atendía esa voz de chongo que siempre decía lo mismo: Se me antojó un plato divino. Lo deseé secretamente hasta que unos seis años después lo tuve sentado a mi lado. No le di importancia. No tenía fuego, y no me ocupé de iniciar una conversación, de pronto lleno de la vergüenza de la mariquita mojigata que había dejado en el sur.

Era jueves, las nueve de la mañana y los dos trabajabamos por la tarde. Cuando me dijo su nombre lo recordé. Le pedí que me lo repitiera: Le confesé todo, sin prólogos. Me dijo dos veces que no. A la tercera salimos juntos del lugar y en taxi llegamos a mi entonces departamento de soltero. En el torso tenía tatuado a San la Muerte. Se quedó a dormir. Se quedó a desayunar. No fuimos a trabajar. A las nueve de la noche del día siguiente se fue para no volver. Un chongo no es para marido.

Un chongo no suele ser para novio. Si hay un acuerdo entre gays y locas que prefieren los chongos es que la perdición no es comérselos sino enamorarse de ellos.

Somos iguales, somos amigos, somos capaces de cogernos sin que nos pase nada malo. Con estas ideologías es que en la vida se me han puesto belicosos los asuntos por preferir con demasiada obviedad, chabacanería o violencia a esos chongos a los que se pretende alcanzar. Han sido todas generosas al señalarme con elegancia que si osaba tocarlos o intentar medidas que los llevaran a la confusión sería quemado vivo.

Solo en tres ocasiones me excedí en el coqueteo, peligrosamente. Solo lo conseguí en algunas ocasiones. A veces, con carnada. Cuando no se trata de una cacería nocturna las estrategias se limitan a algunas situaciones en gimnasios y parques.

Los trabajos no suelen ser sitios ideales. Pero sí las fiestas del trabajo, donde siempre hay un impensado candidato al que se descubre entrada la noche.

Cualquiera podría calcular que esto ocurre con exclusividad en Buenos Aires, por ser una ciudad de varios millones de habitantes, con una oferta nocturna casi exagerada en comparación con otras capitales latinas. Lo que los porteños llaman "el interior", alguna de las 24 provincias argentinas esconde una experiencia de coqueteo marica con los chongos que se remonta a la vida del gaucho.

Solitario, en medio de la pampa cultivó el viejo dicho: A tal punto llegó el fanatismo que le produjo esa oferta a Lautaro, que se metejoneó con uno y lo trajo a vivir a la capital.

El riesgo de aposentar al chongo es alto. En la película El amor es el demonio, un retrato de Francis Bacon, se narra la relación que establece con un chongo que entra en su casa a robar y del que se enamora a primera vista y sin remedio.

La inserción de ese heterosexual seducido y rendido como marido a los antojos del artista produce una violencia cruel que los hace infelices. En Buenos Aires, Lautaro suele acudir a algunos artificios del transformismo para salir a los antros. Era una trampa mortal.

Se lo cerró y se creó un nuevo pasillo, ahora ancho, en el que entran personas, con lugar para que todas las posiciones sean ensayadas sin dificultad. El reino de los chongos.

Los 5 peores ligues que todos hemos conocido. Ya podemos disfrutar de Desobediencia en el cine. Todo Internacional Latinoamérica México. El videojuego The Last of Us 2 sorprende con un beso…. Porque el maquillaje no solo es para chicas. Todo Arte Exposiciones Literatura Teatro. Esta es la historia de una madre que salió del clóset…. Podría haber cura contra el VIH. Todo Belleza Ejercicio Nutrición Salud. La tierra donde se dan los hombres, MochileroSensual en Guadalajara. Un provinciano gay en la CDMX.

Jurisprudencia sobre matrimonio igualitario. Después de haberse distanciado por 4 años, padre acompaña a su hijo a la marcha de la diversidad Comunidad Sandra Murillo - Jul 2, Síguenos en Instagram soyhomosensual.

Gays: historia de cómo un gay se acuesta con heterosexuales . sin distinción, se acaba de comprar una peluca "de pelo de chola boliviana" por la que pagó. A las subí al autobús y había tanta gente que quedé de pie muy cerca del de ser saludados por un homosexual de cabello largo que los vuelva gays. Autobús, Gay, Pajearse, Dinero, Al aire libre, Público, Realidad 11 months ago Negro, Autobús, Polla, Gay, Besar, Cabello corto, Adolescente

Para leerlo, debe iniciar sesión: Queremos conocerlo un poco, cuéntenos acerca de usted: Gracias por registrarse en SOHO Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:. A nosotros también nos cuesta creerlo, pero es así.

Cuando tenía doce años hice mi primer viaje grupal con mis compañeros del séptimo grado de una escuela de la Patagonia. El origen de ese deseo desembozado por varones que luego sería asumido y gozado suele ser para cualquier gay de mi generación una silueta, el cuerpo de un hombre que se nos antojaba irresistible. Los que habían organizado todos los bailes y ferias de platos para juntar el dinero del turismo estudiantil eran los padres y un grupo de ex alumnos.

Eran pibes de unos 20 años que se nos antojaban, a algunas de las chicas y a mí, la excitación misma. El chongo argentino es una especie particular, pero en casi todas las latitudes existe una versión de chongo, aunque son otras las maneras de nombrarlo. Eso es lo que ocurre en la frontera entre la noche y la madrugada de muchos sitios. En Buenos Aires los antros se encienden recién pasada la medianoche para un primer turno.

En el after la provisión de drogas se vuelve servicio en la mesa o en la barra por una travesti simpatiquísima que la coloca bajo una caja de fósforos junto al trago. El lugar había sido un cabaré con show y había resurgido con la idea que hizo furor desde fines de los noventa, un lugar gay friendly al que los hombres enfiestados de la noche también iban.

Eran heteros, chongos argentinos, que embriagados y excitados acudían al frenesí del Transformation a seguir la noche hasta el mediodía. En ese sitio fui beneficiado por la casualidad. El destino me regaló una cita con uno de esos tipos a los que se les recuerda por un rasgo muy particular y masculino. O sea, alguien con quien se ha fantaseado con razón, con intención de darle una oportunidad a su masculinidad para que se pruebe con un gay decidido.

Él me encaró en la barra cuando eran apenas las seis de la mañana y pocos en el lugar. Se llamaba, y pondré su nombre real porque es demasiado bonito, Osías. Por eso lo pude identificar, por lo particular de su nombre. Y por la voz. En esa época solía llamar con frecuencia al radiotaxi que pagaba el diario en el que escribía.

Eran decenas de llamadas. Del otro lado atendía esa voz de chongo que siempre decía lo mismo: Se me antojó un plato divino. Lo deseé secretamente hasta que unos seis años después lo tuve sentado a mi lado. No le di importancia. No tenía fuego, y no me ocupé de iniciar una conversación, de pronto lleno de la vergüenza de la mariquita mojigata que había dejado en el sur. Era jueves, las nueve de la mañana y los dos trabajabamos por la tarde.

Cuando me dijo su nombre lo recordé. Le pedí que me lo repitiera: Le confesé todo, sin prólogos. Me dijo dos veces que no. A la tercera salimos juntos del lugar y en taxi llegamos a mi entonces departamento de soltero.

En el torso tenía tatuado a San la Muerte. Se quedó a dormir. Se quedó a desayunar. No fuimos a trabajar. A las nueve de la noche del día siguiente se fue para no volver. Un chongo no es para marido. Un chongo no suele ser para novio. Si hay un acuerdo entre gays y locas que prefieren los chongos es que la perdición no es comérselos sino enamorarse de ellos.

Somos iguales, somos amigos, somos capaces de cogernos sin que nos pase nada malo. Con estas ideologías es que en la vida se me han puesto belicosos los asuntos por preferir con demasiada obviedad, chabacanería o violencia a esos chongos a los que se pretende alcanzar.

Han sido todas generosas al señalarme con elegancia que si osaba tocarlos o intentar medidas que los llevaran a la confusión sería quemado vivo. Solo en tres ocasiones me excedí en el coqueteo, peligrosamente. Solo lo conseguí en algunas ocasiones. A veces, con carnada. No hay un horario específico para tomarlos, usualmente inician su servicio a las 5: Guarda tu boleto, hay inspección.

En algunas estaciones puedes encontrar carteles que marcan los horarios en los cuales pasara el próximo tren, por lo general tarden de minutos el intervalo de tiempo. Guadalajara es una ciudad cosmopolita. El folk mexicano, el Mariachi, el Tequila y los guapísimos charros, son originarios de esta ciudad.

En lo personal cuando viajo a un destino trato de vivir lo que la gente local hace, no lo que el turista hace, esa es la esencia de un mochilero. Para mayor información turística visita el sitio: Durante muchos años Guadalajara contó con un ambiente nocturno, de bares y cafés que fue muy prolifero para la comunidad. Nosotros Colabora Publicidad Contacto. Los 5 peores ligues que todos hemos conocido. Ya podemos disfrutar de Desobediencia en el cine.

Todo Internacional Latinoamérica México. El videojuego The Last of Us 2 sorprende con un beso…. Porque el maquillaje no solo es para chicas.

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